LA RATA Y EL ASESINO
Situado en el centro inexacto de cuatro paredes descomunalmente altas un ser humano abocado a la miseria extiende sus sangrientas manos al cielo clamando libertad. Las uñas que antaño utilizaba para despellejar jóvenes ahora no son sólo carne viva y grumos de sangre : son el signo de la derrota del mal. Su cabello, antaño dorado y extremadamente largo, no es más que una maraña de olores e insectos de toda suerte, trampa humana que nuestro observado ser humano utiliza para sobrevivir. Su cuerpo es del mismo grosor que el hilo del que pende su vida. Sus carnes, oscuras por la constante ola de calor que azota en estos tiempos el planeta. Sus pies gastados y cansados.
Las cuatro paredes son negras y descomunalmente altas; el tamaño del recinto no debe ser más grande que diez metros cuadrados. En una de sus esquinas se amontona una gran cantidad de excrementos e insectos vivos y muertos que son hijos de la suciedad del ser humano. La cautividad ha convertido a nuestro hombre en un parricida, como la libertad y una mente extraña lo transformó en un asesino de jóvenes vírgenes.
En estos momentos el prisionero se dirige a la esquina en la que suele orinar y cubre el suelo con un manto de dorado líquido. Se rasca el cuero cabelludo con la palma de su mano derecha y se arrodilla hasta que su cara se sitúa a dos milímetros aproximadamente del piso y, con su lengua, lame el líquido del que sse sustenta.
Los ojos del asesino no expresan nada. Casi con total seguridad cambiaría su bebida de hoy por la sangre de aquellos que un día murireron porque este ser se cruzó en sus vidas.
El ser humano se dirige hacia la esquina endonde los insectos se pelean por las defecaciones de la persona que no expresa nada con la mirada. Los insectos se nos presentan caníbales, debido quizás a los genes transmitidos por su padre el asesino. Con un movimiento rápido de cabeza los pelos del hombre cortan el viento: siete moscardones se enredan en su cabello y agonizan. Con esmero y ansia el asesino de vírgenes desenreda a sus creaciones y las engulle. Son el único alimento que puede permitirse entre aquellas paredes. Mira el suelo y divisa a dos metros de él tres cucarachas. Parece que hoy está teniendo buena suerte.
Con el estómago lleno camina hacia una de las esquinas que utiliza para dormir. Esta vez el sol le obliga a refugiarse en la que queda a la derecha de la orina. El prisionero mira el líquido un momento y camina hacia él, se detiene, dobla sus rodillas y, situando su lengua a dos milímetros aproximadamente del suelo, la impregna de aquel líquido que creó él mismo. Se levanta y se dirige a la esquina de la sombra, se tumba e intenta dormir. Pero un ruido llama su atención. Un ruido que llega desde atrás. Se gira y observa con estupor cómo un diminuto agujerito en la pared se va haciendo cada vez más grande. Cuando el tamaño del agujero es casi como el de sus dedo índice derecho introduce éste por aquél y deja de crecer. Lo saca del orificio y nada ocurre. Lo vuelve a mirar por si fuera producto de su imaginación y ve que sigue allí, que algo ha provocado un pequeño desprendimiento de roca. Intenta otra vez con el dedo índice de la mano derecha hacer más grande el agujero pero la pared es demasiado dura. Decide dormir.
Cuando despierta el sol se ha escondido y la única luz que ilumina su estancia es la de la luna y las estrellas. Se levanta, orina en la esquina pertinente y defeca en la estipulada, agita su melena al viento y saborea tres moscas pequeñas y un puñado de hormigas que recoge mojando la punta del dedo pulgar derecho. Al ir a beber recuerda el agujero y descubre que su tamaño ha crecido. Busca en el interior de su cárcel al causante de aquel orificio y descubre cómo una rata de unos dos palmos está devorando sus defecaciones con insectos incluidos se sienta en la esquina que había usado de cama y la observa detenidamente. Después de ensimismarse durante unas dos horas el prisionero decide engordar al animal y comérselo. Pero una luz le vino a la mente en forma de gran idea. Decide domesticar a la rata y obligarla a hacer el agujero cada vez más grande, hasta conseguir que su cuerpo pueda pasar por él.
Ha pasado un mes desde que los prisioneros son dos. La rata mide tres palmos más y el ser humano pesa diez kilos menos, pues se ha alimentado de de una mosca y una cucaracha cad día. La rata comió todo lo que quiso y, además, las ganas de salir de allí del asesino hicieron que cada día le diera de comer a su compañera una pequeña parte de su cuerpo a cambio de que hiciera el agujero de entrada de la rata y de salida de los dos un poco más grande. Ahora se podía ver a través de él lo que afuera se les presentaría: arena fina. El asesino de vírgenes piensa que está en medio de un desierto y cree que lo mejor sería alimentar mucho más a la rata y, a lomos del roedor, atravesar la extensión abominable que le rodeaba.
Dos meses más tarde el asesino tiene dos pies sin dedos, dos manos sin dedos índices ni corazón, una cabeza sin orejas y diez kilos menos. El ser humano se ha alimentado de los excrementos de la rata y de su orina. La rata mide casi un metro de altura y el agujero es lo suficientemente grande como para que por él salgan los dos.
Los dos están fuera y atraviesan una décima parte del desierto bajo un sol aterrador. La rata tiene hambre y el antiguo prisionero no tiene nada que ofrecerle. Le da de comer su mano izquierda y le deja que chupe la herida hasta que el líquido carmesí deja de brotar. Le dice que pare pero la rata tiene más hambre. Entonces le da de comer su pie izquierdo, pues piensa que es el precio de la libertad y no le importa. La rata se come el pie izquierdo y muerde con fuerza hasta la rodilla del hombre que grita y pide que pare. La rata continúa y el siguiente mordisco le llega hasta la ingle izquierda. El ser humano suplica con las pocas fuerzas que le quedan que se detenga pero el animal se come de un mordisco la pierna derecha, y cuando acaba se come su brazo derecho, y luego el izquierdo, y cuando acaba se come la cabeza del hombre que hace unos minutos ha muerto suplicando clemencia a una rata, clemencia que él no tuvo con las pobres chicas vírgenes que murieron a manos del hombre que murió devorado por una rata.

5 comentaris:
Itsme, ahora sé pq nunca me he leído El pefume, aunque haya sido el libro que, seguramente, más me hayan recomendado: para que tú me explicaras el final!!Jeejeje.
Un besito.
Rataman el justiciero,terminó lo que el tiempo aún pensaba hacer seguir pagando.
Tu prosa realista parece una película.
Jejeje. Me gusta la idea de Rataman el justiciero, justo ahora que leo Fantomas contra los vampiros multinacionales de Cortázar. Casualitées de la vie. Un abrazo Tinta.
Y también nació de la absurda fuente del amor.
:)
Hola pequeño...
Estaba trasteando por tu blog y me crucé con este relato, y me dejé llevar.
Es fantástico, circular, parádojico y extraño. Otra de tus genialidades, diferente, muy dura y opresiva.
Eso si, te aseguro que este no es mejor cuento para leer a estas horas...voy a tomar el aire.
Te veo luego
mil besos
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