25.2.07

CAVILAMIENTOS ( O PENSACIONES)

El silencio de la noche fue su aliado, el aliado de mi cabecita tonta para querer pensarte y no tenerte. Porque a mí lo que me gusta es pensarte, no tenerte todas las noches en las que tus visitas se podrían convertir de nuevo en monótonas experiencias, en rutina quebrantable tan sólo por un alejamiento forzoso, tan sólo por la separación de nuestras vidas. No creo que desee el ónice que representa para mí tu cuerpo más que imaginándote a mi lado sobre mis piernas sin estar a mi lado sobre mis piernas, mis manos recorriendo tu torso vestido por debajo del vestido que rozo con el opuesto de la palma de mi mano sin tocarte, con la aprobada bendición de la palma de mi mano que se instruye en artes menores, en fricciones placenteras que sólo aparecen si te pienso, si te veo en el aire que se aprieta dulcemente en la oquedad de mi cabeza y tú de cuerpo presente sin estar presente, y yo observando cómo en el aire pululan motas de polvo y a su lado miles de rostros con tu imagen, sólo con tu imagen. Besarte en el concepto con el que te me apareces en la mente sin besarte realmente, sin palparte, sin sentirte más que como recuerdo de un pasado que debemos abandonar si verdaderamente queremos que esto avance, que nuestra alma avance, que el sentimiento escupa sus demonios a los fuegos infernales que producen en mi vago intelecto, en mi débil fortaleza que es cavilarte. Quiero estar contigo recorriéndome tu lengua los labios, trazándome tu lengua en mis labios una horizontal labial perfecta desde su humedad de sueños solitarios, desde su humedad de razonamientos un tanto extraños, otro tanto un tanto mudos y voltear tu lengua con la mía, y voltearte con mis brazos irreales, con mis brazos pensados para de nuevo tu lengua sobre mis labios, tu lengua junto a mi lengua, mis labios junto a tus labios que tímidamente mojan ahora mis párpados, encerrándolos brevemente como prisioneros por besos robados que huyen temblorosos, temerosos, pavorosos de tu encuentro para que los busques en mi mente y suspires por ellos, para que nuestras cabezas y nuestros cuellos no sean más que tentetiesos activados por los besos que nos damos, que nos damos en mi mente, por los besos que no nos damos en la atmósfera que es la vida que se palpa y que se siente, en la atmósfera que es la vida que no se percibe más que en mi materia gris doliente. Pasar entonces a las mejillas suavemente recreando tantos besos ya perdidos, tantos besos desgastados por las horas, por el frío, tantas palabras que dijste a mi oído para después besarme y decirme que ahora son siete, que hay dos más y ya son siete. Apretarte con mis manos la cintura, las caderas, y moverte suavemente nuevamente y como siempre desde entonces en mi mente, y sentirte etéreamente, como quiero, como pienso, como siente este cuerpo y esta cabeza que debe, que debe y que quiere tenerte nomás que como deseo momentáneo de cuerpo y caricias falsas de viento y aliento, de un sofá y una cama y una mesa que se tambalean en la noche aciaga de nuestros antiguos y oscuros ósculos, de nuestros besos, de nuestros pesos equilibrados por la creación de un único cuerpo, siameses, como siempre quisimos, siameses. Pero esta vez sólo en mi mente, porque yo lo que quiero es pensarte, no tenerte.

UNA NUBE SIMPÁTICA

Mi bici lleva una semana atada al poste de la electricidad. Se me han perdido las llaves y no las encuentro. No sé qué me ocurre con las cosas importantes que nunca aparecen cuando las necesito. Parece que afuera llueve. Creo que se avecina una tormenta. Me sentaré en el sofá y esperaré que llegue a ver si, por un acto misericordioso del destino, sale un rayo de alguna nube simpática ( una nube violonchelo, una nube sombrero, lo único que pido es que sea una nube solitaria.... no sé, una nube especial, para qué rallarme más con la forma de la nube si no sé siquiera si va a ser mi nube de la suerte) que me parta el corazón, que me insufle la energía que me falta, que me ponga los pelos de punta y haga que de mi cabeza salga humo de una vez. Por eso creo que he perdido las llaves. (Bueno, por eso pero antes pensé por otra cosa. Pensé que mi bici se había desenamorado de mí y me había cambiado por el poste de la luz. Pero no creo. O al menos no quiero creerlo, porque el palo eléctrico es muy seco y demasiado alto, tiene muchas arrugas y no habla apenas, alguna vez un leve crujido, pero nada más, y yo sé de buena tinta que a mi bici no le puede gustar alguien tan serio como él. Supongo que es una señal que me está enviando alguien. Supongo que debo pensar que me quieren decir desde algún Olimpo que estoy equivocándome, que no es de mi bici verde de quien debo enamorarme, que no es de ella mi corazón. Lo único que sé es que yo la necesito). Ahora creo que no encuentro las llaves porque mi bici sabe que necesito pensar más, que caminando tardo en llegar más a lo sitios y pienso más. Porque cuando voy en bici estoy más pendiente de lo que ocurre alrededor que de lo que ocurre en mi interior. Y mi bici es muy inteligente y me está echando un cable, esperemos que eléctrico, y aún tengo la esperanza que de la tormenta que ya no se avecina, de la tormenta que está cayendo sobre mi cuota de mundo ( poco terrenal, como la de Poe ) salga algún rayo que me parta el corazón y me lo active.

19.2.07

TEMORES ENDECASILABOSCUROS

Brotaba pintura de entre sus dedos,
creando paisajes que se mezclaban
con catorce versos, y nos mostraba
dibujos en los que plasmaba miedos,

paisajes oscuros y tristes enredos,
versos soñando que aún se besaban,
versos llorando que ya no se amaban,
paisajes sedientos de antiguos credos.

Así, la fuente humana vive en su alma
pintando palabras, rimando colores,
creyendo encontrar su añorada calma

en viejas miradas, caros olores:
triste añoranza que siempre se empalma
con viejos deseos, mudos temores.

14.2.07

POEMA GRÁFICO PARA UNA HORA

( A sky )
( L )
P
É
N
D
U
L
O

12.2.07

SONRISAS

"Las calles vacías y yo buscando una sonrisa" Bellsity

A las ocho menos cinco se apagaron todas las luces de mi casa porque sonrisas. Os cuento.
Hoy salí a la calle bien tempranito en busca de ese gesto alegre que me alegrara un poquito la jornada y encontré tan sólo una, al final del paseo, con forma de antiguo recuerdo. Últimamente es lo que suelo hacer, salir a la calle a cazar sonrisas, intentando de esa manera que mi rostro cansado y entristecido por la cotidianeidad del mundo se convierta en un espejo que refleje esas sonrisas y las recuerde en las horas nostálgicas de labios arqueados.
Al llegar a casa se me ocurre la idea de plasmar esa sonrisa en un papel para que jamás vuelva a perderse, y me sobreviene a la mente lo que hice tres días atrás cuando, melancólico ( no creo necesario tener que describir este estado anímico) me fui a la playa a dejar sonrisas para que alguien las recogiera. Así que imprimí el último cuento escrito y hacia la playa más cercana.
Billete de diez viajes, dos zonas, parada en Plaça Catalunya, Rambla abajo, Colón a la izquierda, más a la izquierda, mucho más a la izquierda, chica que pasea a un perro, varios bares con terrazas desiertas porque casi llovía, chica con rastas y bicicleta al borde del final del camino que conduce a la arena de la playa, paso por su lado, arena de playa, orilla del mar, me siento.
Saqué el cuento y corregí un " aún" que no debía llevar tupé porque no se podía sustituir por "todavía". Quería dárselo a la chica de rastas,( no el "aun", no, sino el cuento, (aunque también, porque ese "aun" formaba parte desde su individualidad de la totalidad)) pero no pude. Y es que nunca puedo. Era dárselo sin más, ya está, sin intercambiar palabras (al menos por mi parte), una sonrisa y no más, pero no pude. Lo dejé anclado en la arena de playa cercana a la orilla del mar y me fui sin buscar con la mirada a la chica que (ahora me arrepiento (siempre nos arrepentimos de lo que no hacemos, ¿verdad?)) habría pasado unos cinco minutillos (no más, no pedía más, cinco minutitos de su tiempo) leyendo mi cuento (sólo cinco y una sonrisa le regalaba) pero no, le robé una sonrisa, no, mi estupidez le robó una sonrisa a esa chica. Desde aquí te digo que lo siento, chica de rastas con bicicleta al final del camino que conduce a la arena de la playa, de veras que lo siento.
Cogí una piedra erosionada por el agua y me la guardé en el bolsillo de mi chaqueta gris a rallas con capucha del mismo rollo ( me parece una estupidez tener que describir mi chaqueta, pero mi mente parece que quiere hacerlo) para que el robo de aquella sonrisa no se me olvidara jamás, porque yo no soy nadie para interferir en la felicidad de la gente, y mucho menos de alguien a quien ni tan siquiera conozco.
Al llegar a casa cogí un rotulador negro y en una cara de la piedra puse el título del cuento y, en la otra, la fecha. Yo no sé si la chica de rastas cogío el cuento de la orilla de la playa pero luego empezó a llover, seguramente se mojaría el papel, se correría la tinta, se perdería con el agua y mi gozo en un pozo por no ser capaz de regalarle un cuento a una chica que no conozco.

 
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