27.9.06

CÓDIGOS DE BARRAS

Observo con dedicación la soledad de un transeúnte meditabundo apoyado en el poste de aquel semáforo en verde, recuerdo con nostalgia el nerviosismo del antiguo poeta ante la hoja en blanco y el estupor ante la pérdida de lo ansiado, me niego a reconocer que jamás volveré a ser el que antaño gobernaba todo el universo que me rodeaba, no soporto vivir con la idea del fracaso más tiempo. Mientras queden palabras en el mundo mi deseo de alcanzar el éxito no se desvanecerá, y lo primero que he de hacer es buscar ideas en los árboles, en el vuelo de esa avispa, en el sabor del chocolate negro, en las notas de la canción que ahora suena en mi equipo. Es difícil, pero, créeme, lo conseguiré.

El chico que pasea por el parque de los eucaliptos tiene el rostro triste, parece un ser angustiado, puede ser el protagonista perfecto de un poema sobre las consecuencias del amor en el rostro de un ser humano, o de un cuento que trate de un chico que cansado de tanto desastre decide refugiarse en unos pensamientos que poco a poco le absorben convirtiéndolo en un fantasma que pasa desapercibido para todos los mortales, o de un ensayo que nos cuente los trastornos de una sociedad que poco a poco nos va engullendo y nos transforma en seres sin metas, sin inquietudes, con la única aspiración de un trabajo mejor que nunca llega.Los códigos de barras son un lenguaje que muy poca gente conoce pero que todo el mundo tiene en su casa, el bolígrafo puede ser verde, rojo, negro o rosa, pero sea del color que sea, siempre acaba perdiéndose, es como el mechero, pero este da fuego, fuego que puede acabar quemando todo un bosque de eucaliptos en unos pocos minutos con chico triste incluido, al no ser que sea este el que ha utilizado el mechero, algo que deberá investigar el correspondiente cuerpo u organismo que desempeña tales funciones, el vaso de agua depende de tu estado de ánimo para determinar si está medio lleno o medio vacío, la luz encendida gasta dinero si no estás dentro de la habitación que ilumina o si es de día, si es al contrario gasta también pero no es lo mismo, la luna cambia de forma y su luz es gratuita, como la del sol, pero la del sol es suya y la de la luna es prestada, como el sol te presta a ti su luz y, ¿cómo se lo agradeces?, destruyendo poco a poco los bosques con mecheros pirómanos, con códigos de barras en la celulosa, en las bombillas que son su competencia, pues por nuestra culpa ya nadie necesita la luz de la luna y nadie la mira, excepto los ladrones que ansían la luna llena, si es que no tienen la desgracia de acabar entre rejas, como rejas son los códigos de barras, pero estos con números debajo en vez de tenerlos detrás, enganchados en el traje de los que queman bosques continuamente o violan a chicos y chicas a la luz de su amiga la luna y con el consentimiento inconsciente de las fuerzas de seguridad que en ese momento estaban comprando café en la tienda que abre todo el día y que , curiosamente, no hay nada en ella que no sea distinguida con el loable placer de llevar impreso en su parte visible un estupendo código de barras normalmente negro, color que me recuerda que debo ponerme de luto porque ayer murió un chico que estaba apoyado en un semáforo en verde para los automóviles y que uno de esos bólidos controlados a veces por delincuentes mentales acabó arrollándolo y el chico es ya historia, y el conductor ahora debe estar detrás de uno de esos códigos de barras metálicos de alguna prisión o, quien sabe, puede ser posible que esté matando a más chicos que se apoyan en los semáforos esperando para pasar, pues así va el mundo, tan rápido que las únicas estrellas que podemos ver son las que nos dicen en la tele que son las estrellas del momento y no digas que no las conoces, que se te cae la cara de vergüenza al ver que todos se ríen de ti, así que hoy por la noche verás ese programa en vez de ir a acompañar a la luna y a los ladrones lunáticos, en vez de descansar plácidamente en el tejado de tu casa mirando aquella constelación que se parece a la chica de la que hoy te has enamorado cuatro veces, una cuando te has despertado y la has visto abrazada a ti, otra cuando te ha cogido más fuerte al sentir que le dabas un beso, otra cuando te ha dicho con esa vocecita de bella durmiente que te tiene en el bolsillo que si querías algo de desayunar y otra cuando en el transcurso de una canción de vuestro grupo preferido te ha dicho otra vez que te quería y que nunca nada ni nadie hará que os separéis, y poca gente piensa en un mundo mejor para todos, no sólo para los que deciden qué código de barras llevará esa camiseta con el nombre de tu grupo preferido o el paquete de café que tomarás por la mañana y a los que debemos agradecer que aún no hayan decidido embotellar el aire y encasquillarle al oxígeno que en él se encuentra un código de barras. Cuando lleguemos a esos límites espero estar muerto.

UH

:)

NEGANDO LA REALIDAD

Parece que últimamente todo debe reducirse a una discusión. La estupidez del ser humano hace que lo que hace pocos meses fuera deseado y anhelado, querido y admirado se vuelva, como por arte de magia, en una simple resta de sentimientos, en un ocultamiento de sensaciones que hagan creer al otro individuo que forma parte de la operación que todo marcha bien cuando, y los dos lo sabemos, la realidad nos muestra que todo viene precedido de un descomunal error. Pero seguiremos negándolo, porque el juego del día de hoy trata de sentirse bien para el otro, de no reconocer que lo que quieres es estar junto a mí sin mí y, por mi parte, de estar contigo sin ti.
La marea seguía creciendo. El mar estudia nuestros cuerpos al bañarnos, nos saliniza la boca, nos irrita los ojos. Paseábamos los dos al borde del abismo humano, decidiendo cada uno en solitario los sentimientos del otro, creyendo poseer la verdad absoluta acerca del amor que yo sentía por ti y que tú sentías por mí. Era el verano perfecto, la pareja perfecta. Estábamos a dos minutos del paraíso perfecto. Nos desnudamos y el mar recorríó nuestros cuerpos, nos salinizó la boca e irritó nuestros ojos. Salimos y tú te sentías enorme. Salimos y yo me sentía pequeñito. El agua estaba helada y bien sabes, aunque te ha costado años el comprenderlo, que mi cuerpo carece de grasa, que no soporto durante mucho tiempo las temperaturas mínimas.Pero tú sonreías, y yo decidí sonreír para que tu momento mágico no desapareciera.
Así ha sido siempre, negar la realidad para no despertar del sueño, vivir en el corazón y no en la vida, porque así éramos felices.
La marea seguía creciendo. Pero esta vez no ocurrirá como hace muchos años. Hoy no voy a sufrir, porque ya no es necesario. El mar me regala una pequeña pelota de tenis verde y fuchsia. La cojo, por supuesto. Y pasa cerca de nosotros una chica que se moja los pies y toca la armónica. Me mira durante tres segundos que se me hacen eternos. Pasa por nuestro lado y se marcha, sin emitir sonido alguno. Me giro y no dejo de pensar en la posibilidad de ir hacia ella. Pero estamos juntos, en nuestra felicidad creada a base de sentimientos que me atan: tú y yo siempre estaremos juntos, aunque jamás volvamos a vernos.

NO SOMOS PATOS

Cada vez que me entretengo con las situaciones cotidianas de la vida me indispongo mentalmente durante ese espacio de tiempo. Miro por la ventana y veo dos patos que vuelan, que van desde el río al lago artificial y del lago al río reciclado artificialmente. Mientras los observo, diserto sobre la capacidad voladora de las aves y decido confeccionar unas prótesis a modo de apéndice con las cortinas que retiré para poder mirar a los patos en su vaivén translatorio. Los colores no es que fueran muy aptos para pasar desapercibidos, pero lo que realmente me importaba en aquel momento era , ayudado por la esponja de los cojines que ponemos en el sofá para colocar los pies encima de la mesa o para apoyar la cabeza momentos antes de quedarnos dormidos, un material que diera consistencia al tejido alatorio. Al cabo de media hora ya tenía unas alas de medio metro de largo, forma rectangular y colores variados. Aunque esto último no era lo importante. Cogí el cable que enlazaba el vídeo con la tele y los que unen el equipo de música con el enchufe eléctrico y las até a un jersey que mi compañera de piso usaba en los días de fiesta y baile. Me tomé un tentempié para no desfallecer durante el vuelo y, acto seguido, me puse los elementos voladores sobre el torso desnudo. Salí al balcón y mi vecino me saludó. Sus alas me cortaron el aliento. Jamás podría alzar el vuelo con dos puertas atadas por papel de aluminio. Era ley física. Se lo iba a comentar pero no era muy dado a debates insolentes, y probó su invento. Voló. Voló el espacio que recorre una parábola imaginaria que va desde sus pies sobre el balcón hasta su boca en el suelo. Cruel gravedad ante el inutilismo. Batí mis alas para probar su consistencia y la puerta del piso se abrió. Era mi compañera que, vestida de blanco, se puso las manos en los labios pintados de rojo carmesí. Me llamó loco desgraciado y abofeteó mi cara ilusionada. Sacó una jeringuilla de su bolsillo y ahora me despierto en otra habitación. Esta es una habitación desolada. Sólo existe en ella una cama y unas paredes acolchadas. Se abre la puerta. Me ata a ella con unas cadenas y me lleva a mi habitación. Ha cambiado las cortinas. Y la tele. Y el equipo de música. No encuentro mis alas. Salgo al balcón y veo en el suelo la silueta de mi compañero marcada por tiza y se abre la puerta del balcón de al lado. Sale una chica hermosa. No es mi compañera de piso. No tiene alas, pero sobre su cabeza observo unas hélices. Enfrente de mi edificio hay un helipuerto para el hospital mental. Se lanza y vuela. Ayudada por dos varas metálicas maneja la dirección del vuelo. Llega a tierra sin problemas. Qué suerte. Ahora ya sé que no somos patos

 
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