LA CAÍDA DEL HOMBRE PÁJARO
La noche es fría. La luz se dejaba entrever sobre unas montañas que, a lo lejos, cobijan un frondoso bosque de sauces llorones. En un claro de ese bosque una luz encendida que, a lo lejos, no es más que una triste chispa. En esa casa, un hombre desahuciado por los acontecimientos de la vida lloraba lágrimas que el amor sólo otorga a los mortales merecedores de conocer la amplitud del verbo amar. El alma del hombre era una telaraña hilvanada con sentimientos a veces prematuros, a veces tardíos. Su mente, un cenicero repleto de minutos perdidos intentando encontrar una solución.
La noche es oscura. La luna llena hace tiempo se despidió, ocultándose detrás de un horizonte sempiterno. Las olas compiten con los sauces llorones y encrespan el mar ayudadas por el viento que agita las delicadas ramas del triste bosque. La casa del claro está vacía. El hombre camina lento y sin sombra bajo un cielo inundado de estrellas que centellean, cabizbajo, absorto en sus pensamientos de autodestrucción mientras una lágrima que lentamente resbala señala en su rostro el camino que instantes antes recorrió la perla salada que ahora pertenece al suelo del bosque de los sauces llorones. Su mirada destila rabia. Su rostro, impotencia .Su corazón... su corazón no siente nada.Cuando el eterno palpitador lo da todo y después descubre que quien lo ha llenado te está engañando se vacía súbitamente, y sabemos que todo lo que está vacío pertenece al mundo de los muertos.
El hombre va en busca de su muerte, y qué mejor lugar para morir que el acantilado desde el que había visto tantas veces junto a élla la salida de la luna sobre las montañas lejanas y su puesta bajo el siempre eterno horizonte.
La caída del hombre pájaro es de una belleza plástica aplastante, equiparable tan sólo a la de un ahorcado. Tras un largo salto, el hombre pájaro extiende sus brazos lateralmente, sus piernas rectas, inmóviles, sus ojos cerrados que no impiden la caída de una última lágrima, ésta de deseo cumplido. Los labios sonrientes, el corazón inerte.
El descenso del hombre pájaro no es más que un libre ejercicio de dejar hacer, de abrir completamente todos los sentidos y disfrutar del placer que se siente cuando un sueño se ve cumplido. El cuerpo del hombre cae y cae, cae con tanta gracia y rapidez que la atracción que la tierra, oculta bajo las olas y las rocas del mar, ejercen sobre él parece una declaración del mutuo amor que ambos llevaban meses esperando.
El golpe del hombre pájaro es inevitable. Su cuerpo no es más que un bulto estampado y destrozado por aquella roca que ambos bautizaron, cuando aún creía en el amor, como La cruz de Satanás, una cruz que ahora está rodeada por una tenue capa de agua carmesí, pedacitos de carne, órganos sangrientos y el aroma de muerte añorada.
La muerte del hombre pájaro no importa: hacía meses que había muerto.

9 comentaris:
Ícaro caro!
El nombre perfecto si le unes al principio el de, quizás, la más famosa ave mitológica. XD
Fenicaro, Fenicaro
Fenicaro, Fenicaro
Un gallifante para ti!jejeje
Tendrías que dedicarte profesionalmente a la escritura!
Felicidades por tu blog!
Alícia.
Anda!Fíjate tú!!jejeje. No digas esas cosas que ya sabes q me pongo nervioso!!
Un petonet Alícia!!!
MMMM...mi ego ha crecido un poquito más con tu comentario. Pero tranquilo, q yo soy de esos de autoestima baja, así que no alardearé de ello.jejeje
Gracias por visitar mis mundos. Las puertas siempre están abiertas para viajeros como tú.
Un abrazo Antonio.
Y yo me pregunto, qué haces leyéndome... (tú a mi, de vez en cuando; imagínate que se te pega algo...yo me perdería cosas como ésta, y no quiero, sinceramente.
Un beso chiquitin.
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