NO SOMOS PATOS
Cada vez que me entretengo con las situaciones cotidianas de la vida me indispongo mentalmente durante ese espacio de tiempo. Miro por la ventana y veo dos patos que vuelan, que van desde el río al lago artificial y del lago al río reciclado artificialmente. Mientras los observo, diserto sobre la capacidad voladora de las aves y decido confeccionar unas prótesis a modo de apéndice con las cortinas que retiré para poder mirar a los patos en su vaivén translatorio. Los colores no es que fueran muy aptos para pasar desapercibidos, pero lo que realmente me importaba en aquel momento era , ayudado por la esponja de los cojines que ponemos en el sofá para colocar los pies encima de la mesa o para apoyar la cabeza momentos antes de quedarnos dormidos, un material que diera consistencia al tejido alatorio. Al cabo de media hora ya tenía unas alas de medio metro de largo, forma rectangular y colores variados. Aunque esto último no era lo importante. Cogí el cable que enlazaba el vídeo con la tele y los que unen el equipo de música con el enchufe eléctrico y las até a un jersey que mi compañera de piso usaba en los días de fiesta y baile. Me tomé un tentempié para no desfallecer durante el vuelo y, acto seguido, me puse los elementos voladores sobre el torso desnudo. Salí al balcón y mi vecino me saludó. Sus alas me cortaron el aliento. Jamás podría alzar el vuelo con dos puertas atadas por papel de aluminio. Era ley física. Se lo iba a comentar pero no era muy dado a debates insolentes, y probó su invento. Voló. Voló el espacio que recorre una parábola imaginaria que va desde sus pies sobre el balcón hasta su boca en el suelo. Cruel gravedad ante el inutilismo. Batí mis alas para probar su consistencia y la puerta del piso se abrió. Era mi compañera que, vestida de blanco, se puso las manos en los labios pintados de rojo carmesí. Me llamó loco desgraciado y abofeteó mi cara ilusionada. Sacó una jeringuilla de su bolsillo y ahora me despierto en otra habitación. Esta es una habitación desolada. Sólo existe en ella una cama y unas paredes acolchadas. Se abre la puerta. Me ata a ella con unas cadenas y me lleva a mi habitación. Ha cambiado las cortinas. Y la tele. Y el equipo de música. No encuentro mis alas. Salgo al balcón y veo en el suelo la silueta de mi compañero marcada por tiza y se abre la puerta del balcón de al lado. Sale una chica hermosa. No es mi compañera de piso. No tiene alas, pero sobre su cabeza observo unas hélices. Enfrente de mi edificio hay un helipuerto para el hospital mental. Se lanza y vuela. Ayudada por dos varas metálicas maneja la dirección del vuelo. Llega a tierra sin problemas. Qué suerte. Ahora ya sé que no somos patos

6 comentaris:
Güenas... ¿Puedo comentar ya?
Por su-puesto.
Doncs imagina el dia en q tinguem mons virtuals..tot de bojos fent bogeries impossibles però feliços..es desconnectarien? els desconectem i els tornem a la realitat? o els deixem allà?
Et contestaré citant unes paraules d'Edgar Poe en un dels seus relats:
"Todos me han llamado loco, pero no ha sido aclarada la cuestión de si la locura es o no el más alto grado de inteligencia"
Una abraçada Aleix. XD
jeje, me l'apunto!
Muy bueno…Jajaja
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